El caso de Tutotepec
El fondo de las actividades que perseguían la
sedentarización y concentración de poblados, mediante las congregaciones, era
conseguir un mejor control indígena, aunque el proceso no fue sencillo. Antes
de 1646, mil familias "huyeron" de las doctrinas agustinas de
Tutotepec, emigrando a Chicontepec. Fue difícil el traslado de
comunidades ancestralmente arraigadas en sus tierras de labor y caza. Romper
los patrones socioeconómicos y religiosos, insertos en la relación hombre - espacio
geográfico, trajo como consecuencia un rechazo de la evangelización en ciertas
áreas.
En 1548 Tutotepec tenía 85 estancias y barrios,
divididos entre el propio Tutotepec y tres subcabeceras: Cayucan, Chiconcoac y
Xococapan.
En 1560 hubo una congregación, reduciéndose de 85 a 27
estancias, en un radio de 11 leguas de la cabecera principal.
Según la relación del padre Adriano en el Archivo
Histórico Hispano - Agustiniano, para 1590 Tutotepec tenía
mil tributantes, todos otomíes, repartidos en 29 pueblos. La fundación
religiosa, según la misma relación, albergaba a 4 religiosos.
Otro elemento a considerar es que en la misma época,
mediados del siglo XVII, se hablaba en Tutotepec náhuatl, "otomí
cerrado", tepehua y algo de totonaca, lo cual ofrece una idea de la
complejidad étnica de la región.
También en los inicios del virreinato hay una voluntad
por parte de los indígenas de preservar su identidad cultural, lengua, religión
y costumbres. Es muy interesante el paso de la antigua religión hacia la
clandestinidad, con todas sus prácticas rituales. Tutotepec ha representado,
según Galinier, un foco de la espiritualidad otomí. Es un santuario que
conserva objetos sagrados; el más significativo quizás es la misma campana de
la iglesia.
En el año de 1557 se celebró capítulo provincial en
Ocuituco, donde fue elegido como Provincial por segunda vez Alonso de la
Veracruz. En ese tiempo se pusieron religiosos en el pueblo de Tutotepec,
anteriormente administrado desde Atotonilco.
Hay dos personajes clave para la historia de
Tutotepec: Fray Alonso de Borja, y Fray Juan Pérez, ambos agustinos.
El primero llega a la Nueva España en 1533, y fue uno
de los siete religiosos fundadores de la orden. Trabajó en Santa Fe con Vasco
de Quiroga. La tarea desplegada fue notable. En dicho lugar, se trabajaba de
manera comunitaria y los frutos de la labor eran repartidos entre todos los
miembros de la comunidad.
Después de esta extraordinaria experiencia, en 1536
nombran a Borja primer prior de Atotonilco el Grande, siendo el fundador de ese
convento. Desde ahí misionó en gran parte de la Sierra Alta. El nombramiento de
Borja fue debido al conocimiento perfecto que tenía del otomí, lengua
preponderante en la zona. Fue el primer agustino en predicar en dicha lengua.
Él quería ir más allá de la conversión: quería que todos los indios fuesen
religiosos. También fue el primero en
introducir el canto en las oraciones dentro de la iglesia, y en las procesiones
en las capillas posas. Muere pocos años después, en 1542.
De Fray Juan Pérez, encontramos la noticia que fue él
precisamente quien construyó los conventos de Tutotepec y Huayacocotla. Pasó a
la Nueva España en 1547, destacándose por su gran actividad y oficio. Según
Grijalva, entre él y otro religioso bautizaron solemnemente a cinco mil
personas, en un solo día, apreciación que hay que tomar con sus debidas
reservas. El mismo cronista nos dice:
"En las sierras de
Tutotepec y Hueyacocotlán fue donde más padeció. Porque como son las sierras
tan dobladas y tan sumidas y el santo varón las andaba a pie y sin calzas, no
sólo le faltaban las fuerzas, pero la salud. Porque de las humedades de
Tututepec y Hueyacocotlán se le tulleron las piernas de modo, que todos los
días de su vida padeció en ellas gravísimos dolores y eran tan agudos que para
haber de tener en la oración alguna quietud, se las fajaba todas para dar les
algún calor y aliviar aquellos grandes dolores".[i]
El pobre fraile muere en 1579, sin ver concluida la
obra del convento, iniciada en 1542. Los trabajos acaban hasta 1620. El lapso
de casi 80 años dedicado al proceso constructivo revela las dificultades que
debieron de afrontar los frailes y peones para lograr su terminación. Entre
ellas, la carencia de personal calificado en el ramo de la construcción; las
epidemias que diezmaron a la población indígena y la ya comentada evasión de
varias familias de la doctrina agustina.
Es curioso cómo en el periodo de 1581 a 1614, los
cuatro superiores encargados del convento también administraron la lejana
fundación de Chapulhuacán, en frontera chichimeca. Al parecer el accionar de
los frailes no sólo se manifestó en zonas geográficas específicas, sino también
se especializaron en manejar conventos que compartían características
similares: tanto Chapulhuacán como Tutotepec están enclavados en territorios
inhóspitos, verdaderas fronteras culturales. En el caso del primero de
ellos, tuvo que enfrentar una situación mucho más dramática, con los ataques
chichimecas al convento. Dicha etnia estaba deseosa de recuperar los antiguos
territorios de caza, invadidos por la evangelización agustina.
Uno de aquellos superiores, Cornelio de Bye (Vie),
entre 1581 - 1584, misionó por 20 años en la Sierra Alta, gracias a sus
conocimientos de otomí. El fraile Bye, nacido en
la Haya, Holanda, tal vez introdujo ciertos elementos del manierismo nórdico,
para la composición de la portada del templo de Tutotepec: por ejemplo, las
cartelas con entrelazos y roleos, los floreros y angelillos del primer cuerpo.
Aunque como veremos, los motivos han sido tamizados por la sensibilidad
indígena.
Descripción arquitectónica
Los componentes esenciales de un conjunto conventual
están presentes en los Santos Reyes de Tutotepec, - llamado “La abuela” (Masú),
por los fieles indígenas -: el atrio, templo y convento, aunque
desgraciadamente con una serie de modificaciones, sustituciones y pérdidas de
elementos constitutivos. Debido a ello, tenemos la impresión de encontrarnos
ante un conjunto inacabado, detenido en el tiempo.
El atrio, ocupado por el cementerio del pueblo, es el
espacio principal en la conmemoración a los antepasados. El rito de las ánimas
es de gran importancia en la cultura propia de la región. La antigua tradición
de la “llorada del hueso”, se realizaba aquí. La disposición espacial del
panteón remarca tal importancia, formando una extensa explanada frente a la
iglesia, limitada por una barda abaulada de mampostería, con dos entradas, una
de las cuales lamentablemente se derrumbó en años recientes.
El templo es de una sola nave, de ábside poligonal,
recios muros de mampostería y cubierta de lámina metálica sobre estructura del
mismo material. Tal planta es común en las construcciones conventuales del
siglo XVI. A pesar de que se reporta hasta 1620 la conclusión de los trabajos,
la concepción arquitectónica corresponde al primer siglo de evangelización.
